Mostrando entradas con la etiqueta Tempus fujit. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tempus fujit. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de julio de 2011

A mil por hora


Emergió en una habitación en la que jamas había estado. Las esquinas parecían chamuscadas, lamidas por una incipiente oscuridad que evadía su procedencia, invitando a lo desconocido a perderse por sus intrincadas paredes. Olía a esa humedad que entra a borbotones por la nariz y te hace creer que vas a criar un moho que te arañe los pulmones, contaminándolo todo.
 Si, el hecho de flotar en medio de un sueño le producía una sensación similar al queso de tetilla derritiéndose en tu boca, echando una carrera al éxtasis de placer. Lo sentía suyo. 
Trato de mover los brazos sin éxito. ¿Que ocurría? Ladeo la cabeza y se dio cuenta de que no tenia brazos, tan solo una carcasa ovalada que recubría todo su cuerpo. Si es que aquello que la contenía podia considerarse un cuerpo. No tenia brazos, no tenia piernas, ni cabeza y no estaba segura de poder llamar ojos a aquel agujero que la permitía contemplar como las paredes tomaban curvas imposibles.
No alcanzaba a ver la totalidad de su cuerpo pero ella sintió que se había transformado en una especie de bio-organismo, una forma primitiva de semilla. Le maravillaba la idea de una inmovilidad gravitacional, girando en lo etéreo de ninguna parte, siguiendo las contracciones de aquella habitación que cambiaba constantemente de tamaño al unisono de sus emociones. 
Empezó a notar que las grietas que había en las paredes resquebrajando las quemaduras, rompiendo la sobriedad de la agonía que las barnizaba, no eran grietas sino ramificaciones adheridas a ellas, marcando la sospechosa afluencia de heteroproteinas que se deslizaban por las húmedas cavidades de su nueva prisión. Se sorprendió pensando en la posibilidad de haberse cometido en una semilla pululando dentro de su propio corazón. Esta idea la encogía el animo y le parecía interesante.
 De pronto, del techo de desprendió una placa viscosa, que la golpeo en la nuca y se deslizo por toda su espalda dejando un reguero de hemoglobina pura. Bajo la mirada hacia el agresor golpeándose con su reflejo sin forma. Esa no era su vida. algo tenia que cambiar. Hasta ese momento nunca había visto nevar, de pequeña siempre soñó con jugar con los copos que admiraba tras la pantalla del televisor. Pero ese día nevaba y con una fuerza que amenazaba con abrirle las fibras del costado. Cuando se quiso dar cuenta estaba tirada en la nieve. La realidad volvió a ella como una ola gigante empapando sus huesos, revelándola que a veces no es la realidad quien alimentaba sus días. Tic tac, tic tac, es el sonido de tu vida que se agota.

viernes, 3 de junio de 2011

Charcos de cristal

Ella buscaba a la joven que un día fue en varios puntos del espejo, aguardaba con paciencia que saliera a flote del cristal una sonrisa cómplice que la tranquilizara cuando la sacudían aquellos brotes de ansiedad que la paralizaban el pecho, desvencijado por los años de dictadura física autoinfligida.
Se acariciaba los rizos mientras recorrían en cascada su cuello de lápiz, también ellos habían perdido la fuerza que un día, hace ya muchos años, muchísimos, podía hacer detenerse a cualquier hombre. Combirtiendola en la dueña de sus propias banalidades diarias, que por aquellos días parecia ser su tesoro mas preciado. Custodiado por su avaricia y despotismo juvenil.
Ahora su belleza no era mas que el recuerdo de lo inefable oculto bajo las arenas del tiempo, hecho polvo, pasto del olvido y victima del silencio. Sus manos reflejaban un futuro incierto y se hacían eco de la delicadeza del viento que paseaba entre surcos inertes a expensas de la muerte. Sus ojos contenían las brasas de aquellos días ,pasto de las llamas, de la febril pasión juvenil, que inyectaba en sus finas venas la emoción por vivir. Sus parpados exhalaban por sus poros alientos de vitalidad que se perdían con el humo de sus recuerdos, obligandoles a deslizarse pesadamente, sin vida, sobre sus pómulos, negándose a admitir la realidad que la torturaba sin descanso, en el hastió de los desordenes mentales que suponen las cadenas que rasgan con paciencia su libertad.