martes, 4 de octubre de 2011

La quemadura del horno

Es difícil presidir la noche con unos pies tan grandes, entorpeciéndose el uno al otro en una batalla constante por desprenderse del ridículo que les escupía de frente.
Es difícil presidir la noche con unos pies tan enormes, se escribía en el brazo mientras presidia su trono de polietileno en el barrio sin nombre que se esconde entre el contenedor de vidrio y el de productos orgánicos, donde la combinación de olores bailan entre las arcadas de una canción interrumpida.
Pies grandes, acusaban sus grandes varices señalando el camino al deshonor de sus ridículas extremidades.
Pies grandes...
...Y así descendió la ladera, apagando la sal de sus lagrimas a cada paso, en una ceremonia que estructuraba su vida sin poder detenerse, sin una pausa silenciosa.
Alimentándose como el fuego, esa mirada de odio... el suelo se abre y solo sale un humo negro que lo ciega todo, que contamina los parques que un día existieron, que vergüenza. Donde estaba aquella alcantarilla del color del agua, mi catalizador. Si... ¿Porque no?